¿Existen realmente los vampiros energéticos?

Por Álvaro González

Mucho se ha comentado sobre los llamados «vampiros energéticos». Supuestamente son personas tóxicas que debido a una serie de actitudes, ya sean conscientes o inconscientes, roban la energía de las personas con las que se relacionan. ¿Pero es cierto lo que se ha dicho al respecto? Creo necesaria una revisión de este tema. La falta de conocimiento nos lleva a las malas interpretaciones, y es así cómo la interacción con nuestros semejantes y el entorno carecen de amor y valores conscientes.

Cuando consultamos el material disponible respecto al tema, generalmente encontramos dos denominadores comunes. Uno, que las personas que nos agotan son las que nos vampirizan. Y dos, la necesidad de protegernos de tales personas.

Estas dos consideraciones son un tremendo error, y este error radica en la elusión de la responsabilidad particular de quien supuestamente está siendo vampirizado. Todos nos influimos a todos cuando nos relacionamos. Y el hilo argumental de la bibliografía sobre los vampiros energéticos solo tiene presente la parte «externa» a nosotros, al supuesto «vampiro», restándole importancia al propio protagonismo y la responsabilidad que tenemos cuando interactuamos con los demás. Y un error de base tan fundamental aboca a dichos argumentos a la falacia y la confusión.

¿Por qué me agoto con algunas personas?

Nosotros percibimos y experimentamos la vida desde un lugar muy concreto: nosotros mismos. Esta realidad es tan obvia que la pasamos por alto a menudo. En lugar de buscar el motivo de lo que nos sucede en nuestro interior, lo buscamos en el exterior, ya sea una persona o una sociedad entera. Creemos que nos enfadamos porque alguien ha hecho o dicho algo que nos disgusta, o que nos entristecemos porque nos han decepcionado.

Cuando nos preguntamos a nosotros mismos por qué nos hemos enfadado, nos respondemos que el motivo es por lo que han hecho o dicho los otros. ¿Pero cuál es la razón de fondo? ¿Por qué nos molestan unas cosas y otras no? En resumen, ¿qué estructuras psicológicas (egoicas) provocan que percibamos y experimentemos algo de una manera y no de otra?

Con este razonamiento quiero dirigirme a la cuestión de fondo de por qué nos agotamos con ciertas personas. Según nuestra forma de percibir y experimentar la vida, aceptamos más a los otros si son afines a nuestro modo de vivirla, y toleramos menos a los que viven de forma distinta. Acusamos más condenatoriamente las actitudes de las personas que no toleramos y menos a aquellas que aceptamos, aunque en realidad hagan lo mismo. Justificamos en mayor grado un ataque de ira de un semejante que el de un desconocido, sencillamente por el hecho de que empatizamos más con el semejante.

Un ejemplo que se encuentra en la literatura «vampírico-energética» es el del vampiro crítico. Un vampiro crítico es una persona que critica a todo el mundo, a todas las cosas, ya sea por un motivo u otro. Observemos el siguiente caso: hay personas criticonas que nos «agotan» con su forma de criticar, pero en cambio, a veces nos unimos a una crítica porque el tema que se está criticando nos convence. Y en este segundo caso no nos agotamos en absoluto, o al menos no nos incomoda.

El ejemplo mencionado es extensible a la fraudulenta tipología de los supuestos vampiros energéticos. Nos agotamos o no nos agotamos dependiendo de la intensidad psicológica que sentimos en una circunstancia determinada. Si una crítica nos parece razonable –insisto, nos lo parece, desde nuestro punto de vista-, todo va bien, y no nos desgasta. Si una crítica nos parece reprochable, nos cansa, nos aburre, y queremos evitarla.

Lo mismo sucede con aquellos supuestos vampiros que reclaman atención todo el tiempo. Si lo que dicen y hacen nos convence, no nos sentimos agotados, sino al contrario; gustamos de escucharlos y de estar en su compañía. Si no nos interesa el discurso de tal vampiro hablador, nos disgusta, nos agota, y deseamos que guarde silencio de una vez.

Alguien podría pensar que el que no se agota es porque no se da cuenta de la vampirización, y que los que sienten cansancio son más sensibles. Este es otro error. Somos nosotros los que perdemos la energía, no nos la roba nadie. Cuando una persona está ubicada en la Atención Consciente y en la Conciencia, no pierde energía. No importa la actitud de los otros, sino el modo en que nosotros gestionamos nuestra experiencia de la actitud de los otros. En lugar de plantearnos si nos están robando energía, es más coherente preguntarse de qué manera estoy perdiendo energía.

¿Cómo me relaciono con los demás?

Es lícito apartarse o evitar a aquellas personas que pueden dañarnos, sobre todo porque en ciertos momentos es la mejor solución. No soy de los que piensa que algunas situaciones son pruebas que se me han puesto para superarlas. Eso lo desconozco. Una prueba se sabe que lo es cuando ya se ha vivido, no antes, si no ya no es prueba. Expresiones como «es lo que tiene que ser» o «es lo que me toca» son evasiones autotranquilizadoras que omiten el verdadero significado de lo que estamos viviendo. Lo que vivimos es lo que vivimos, y las razones son las que son, más allá de lo que creamos que significan las experiencias vividas. En ocasiones uno no puede hacer más de lo que es capaz en ése momento, y no ocurre absolutamente nada porque así sea.

Volvamos de nuevo a cómo nos relacionamos con los demás. Independientemente de que creamos o no en vampiros energéticos, emocionales o como queramos llamarle, lo que realmente ha de importarnos es el modo en que nos relacionamos con las demás personas, sean cercanas o desconocidas.

Más interesante que preguntarse cómo se comportan los otros para saber si son vampiros, es cuestionarse si las actitudes que tenemos son perjudiciales para los demás. Cuando somos conscientes de ello, ubicados en la necesidad del instante, nuestra respuesta a ésas actitudes supuestamente «vampíricas», en lugar de ser de auto protección y rechazo, es una de compasión, amor y aprendizaje. Si obramos conscientemente, reconociendo qué es lo que el otro necesita –no lo que creemos que necesita-, nuestras interacciones serán más sanas, sinceras y, desde luego, cercanas y solidarias.

Concluyendo, tendemos a entregar la responsabilidad de lo que somos y de nuestros estados internos a lo externo, ya sea a las personas, las sociedades o al entorno. Y aunque sí es cierto que todo eso nos influye -sobre todo cuando somos niños-, cuando nos convertimos en adultos tenemos en nuestra mano escoger y andar por las infinitas posibilidades del Ser.

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