Las suposiciones, las generalizaciones y el pensamiento complejo

Por Álvaro González

¿Qué significa en nuestras vidas la suposición y la generalización? Según la definición de diccionario, suponer es:  

  1. tr. Considerar como cierto o real algo a partir de los indicios que se tienen. 

  2. tr. Considerar como cierto o real algo que no lo es o no tiene por qué serlo. 

Normalmente, la primera definición nos lleva a la segunda. Cuando experimentamos cualquier circunstancia, interpretamos, más o menos conscientemente, según nuestras experiencias anteriores que quedan registradas en nuestra memoria. Nuestro vivir tiene como uno de sus fundamentos el discernimiento de la información que recibimos, y discernimos, como es obvio, usando como referencia los datos que ya conocemos.

Por ejemplo, si salimos a la calle y vemos que el suelo está mojado, podemos suponer que ha llovido o ha pasado un camión de limpieza, entre otras posibilidades. Esto lo sabemos porque hemos visto la lluvia muchas veces y también hemos visto pasar camiones de limpieza haciendo su labor.

Es lógica y necesaria la función de la comparación, la suposición y la memoria para vivir coherentemente. Pero nuestra psique es compleja y son muchas las características que la componen. Eso se traduce en que la manera en que interpretamos e interactuamos con el mundo y nosotros mismos está repleta de matices y aspectos, muchos de ellos erróneos.

Imaginemos que estamos en nuestro lugar de trabajo y entramos en una sala en la que hay tres compañeros que están hablando. Cuando nos ven guardan silencio. Automáticamente comenzamos interpretar por qué han cortado su charla. «¿Estarán hablando de mí? Seguro que me estaban criticando. ¿O quizá hablaban mal de mi compañero x que es mi amigo? Cómo les gusta cuchichear…» Y así hasta el infinito. Luego resultaba que esos compañeros estaban hablando sobre el regalo de cumpleaños que nos quieren hacer. La pregunta es: ¿en cuántas ocasiones hacemos esto en nuestra vida y cómo nos perjudica?

Las suposiciones mal construidas nos hacen caer en lo ilusorio, y pueden llevarnos a generar problemas e infelicidad en nosotros mismos y en las personas de nuestro entorno.

Las generalizaciones

«Nuestra pereza mental y la permanente tendencia a la somnolencia […], nos empujan a conclusiones apresuradas y a injustificadas generalizaciones.» – Boris Mouravieff

Normalmente somos mentalmente perezosos. Nos conformamos con pocos elementos para interpretar y construir una idea sobre cualquier cosa, basándonos en lo que ya sabemos sin intentar aprender más. Así nacen las suposiciones erróneas, como muestran las generalizaciones.

Una generalización es una conceptuación que simplifica nuestro entendimiento. Generalizamos por costumbre y comodidad. Si bien es cierto, por ejemplo, que cada país tiene su idiosincrasia, no todos los habitantes de un país tienen las mismas tendencias psicológicas. Estas simplificaciones nos llevan a interpretar la realidad de un modo limitado debido a nuestra, como decía Mouravieff más arriba, pereza mental.

La cuestión es que las suposiciones mal construidas son indicativas de una mente que funciona limitada por estructuras fijas. Una persona que no aprende cosas nuevas se auto relega a creer siempre lo mismo, porque no renueva la información que ha aprehendido.

Pero las generalizaciones no solo las utilizamos respecto a grupos de personas, tendencias culturales y demás. También generalizamos, y de hecho es el motivo esencial de por qué lo hacemos, con nuestros estados psicológicos. Pongamos como ejemplo a las personas que tienden a malpensar de los demás. Creen que las personas que le rodean siempre critican a los otros, que miran mal al prójimo, que quieren aprovecharse de uno mismo o de lo que sea mientras puedan sacar beneficio. Un estado psicológico de tal desconfianza limita nuestra percepción a ver a los demás como enemigos. Y así mismo ocurre con la ira, la envidia, el orgullo, etc.

Son los estados psicológicos los que nos arrastran a hacer suposiciones y a generalizar apresurada e injustificadamente.

Pensar complejamente

Las suposiciones erróneas se fundamentan en los elementos que escogemos generalmente de forma inconsciente. Lo hacemos en todo momento.

Experimentamos la parcialidad, pero ése no es el problema, sino nuestra naturaleza; lo problemático radica en que tomamos la parcialidad como si fuera la totalidad. Cuando conocemos a una persona a lo largo del tiempo, nos creamos una imagen de ella con las características que más nos han impactado. Además proyectamos nuestra propia psique, lo que significa añadirle a la persona características que quizá no tiene. Entonces, la manera en que percibimos e interactuamos con una persona es más bien restringida y supeditada al vaivén de los estados psicológicos propios.

La realidad es mucho más compleja que eso. Pero antes de utilizar la palabra complejo, permítame el lector una definición etimológica de dicho término. Complejo proviene del latín complexus, que significa junto y entrelazado. Esto no significa que algo complejo sea necesariamente difícil y complicado de entender. Las relaciones humanas son complejas porque hay muchos factores variables que definen tal relación: la personalidad, la cultura, costumbres, el estado psicológico del momento, la intención, la capacidad empática, etc., son algunas de las características que determinan cómo se gesta y construye un vínculo entre personas.

Uno de los motivos por los que estoy hablando de la complejidad es porque, siendo la realidad compleja, si realmente anhelamos el Autoconocimiento, es interesante aprender a pensar complejamente. El pensamiento complejo es un sistema filosófico y científico organizado por el pensador Edgar Morin, el cual recomendamos, ya que nos permite abrirnos a una forma más abarcadora de comprender y abarcar lo Real. Aunque es necesario aclarar que la auténtica comprensión e participación de lo Real se ubica en la Conciencia, con el Recuerdo de Sí. No puede haber una real comprensión, integración y participación de cosa alguna si no nos ubicamos en la Conciencia; los datos meramente intelectuales, por certeros que puedan ser, son limitados sin el factor inspirativo, que es ámbito de la Conciencia.

Si tenemos en cuenta que cada persona o circunstancia está determinada por muchos factores -aunque los desconozcamos-, intentaremos no hacer suposiciones y generalizaciones apresuradas.

Aprender a vivir la incertidumbre

Hay un valor de la Conciencia que nos permite ser más conscientes de la realidad interna y externa, trayéndonos mayor felicidad y plenitud. Este valor es la incertidumbre. La incertidumbre es un elemento consustancial a la existencia. Desconocemos qué ocurrirá dentro de unos segundos; no sabemos cómo puede desencadenarse una u otra situación.

La incertidumbre siempre está presente en nuestras vidas. No hay nada fijo y eterno en el Universo. La vida es movimiento, vibración, y nunca cesa de cambiar. Todo lo que sube baja, todo lo que nace muere, todo lo que sucede tiene un principio y un final. Las circunstancias pueden derivar hacia un lugar u otro porque existen infinitas posibilidades y rumbos.

Si asumimos que no conocemos al completo las circunstancias, las personas ni a nosotros mismos, ubicando en nuestra vida la impermanencia y la incertidumbre, viviremos más conscientemente, en mayor plenitud con nosotros mismos, los demás y el entorno.

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