Trabaja y encontrarás: el estudio (2ª parte)

Por Álvaro González

«[…] No menosprecie [el discípulo] las obras de los antiguos filósofos, […] estudie con cuidado y penetración los textos clásicos, hasta adquirir la clarividencia suficiente para discernir los puntos oscuros del manual operatorio.

Nadie puede aspirar a la posesión del gran Secreto, si no armoniza su existencia al diapasón de las investigaciones emprendidas.» – El Misterio de las Catedrales, Fulcanelli

Siguiendo con los comentarios del axioma alquímico “Ora, Lege, Lege, Lege, Relege, Labora et Invenies”, vamos a abordar la cuestión de la importancia del estudio dentro del Autoconocimiento. Si en la primera parte de esta breve serie definimos y hablamos sobre la necesidad de la oración como una ubicación en la Divinidad, el estudio es el modo en que nos ayudamos para dar forma y entendimiento a los elementos que nos permiten andar el Camino.

Es necesario, empero, que no confundamos lo que es el estudio meramente intelectual con el estudio en el ámbito del Autoconocimiento. Haremos algunos comentarios al respecto.

Cuando reflexionamos sobre la palabra “conocimiento” o “autoconocimiento”, es posible que le demos un significado intelectual, ya sea más psicológico o filosófico. Tratamos la cuestión como un algo “observable”, separado de nosotros aunque hable de nosotros mismos y del modo en que percibimos e interactuamos con nosotros mismos, los demás y el entorno. No estoy hablando de la Auto-Observación, que es una facultad de la Conciencia, sino de la observación de un sujeto hacia un objeto, siendo el objeto algo separado y sin relación con el sujeto que observa. Obviamente, esto no existe, y aún menos en el Camino del Autoconocimiento.

El estudio de los textos clásicos

Bien escribió el maestro Fulcanelli que estudie con cuidado y penetración los textos clásicos”. Con “textos clásicos” se está refiriendo, obviamente, a las obras escritas por los Iniciados, los Maestros que han andado el Camino y que nos han dejado un legado espiritual. Es importante buscar en las fuentes originales de donde se plasma el Conocimiento.

Para investigar y conocer debidamente el Cristianismo, no debemos dirigirnos únicamente a la Biblia, sino conocer y estudiar, por ejemplo, a los Padres del Desierto, los gnósticos, los evangelios apócrifos; a los místicos como San Juan de la Cruz, el Maestro Eckhart; movimientos como el quietismo, el priscilianismo, etc.

Si nos interesamos por el sufismo, aparte de conocer un poco El Corán, podemos estudiar a Rumi, Ibn Arabi, Al Ghazali, Rabi’a, etc. O incluso, en este caso y también en el de la Cábala, conocer mínimamente el funcionamiento de sus lenguajes sagrados, ya que esconden muchos conocimientos esotéricos que a primera vista no son visibles.

Tendemos al reduccionismo y al simplismo, y esto conlleva un modo de percepción que no se asemeja con la complejidad de cualquier elemento de lo que existe. Precisamente, en los ejemplos mencionados, nos encontramos con una milenaria trayectoria histórica y un amplísimo acervo teológico, místico y filosófico. Reducir al Cristianismo a una mezcla de la Biblia, Jesús, la Trinidad y unos cuantos personajes destacados para luego concluir en que es la religión de la Salvación o una simple creación política para controlar al pueblo, es propio de un simplismo que no nos permite tener el contexto apropiado de dicha religión. Del mismo modo, cabe decir que el Islam no es una religión de fanáticos que siembran el terror y que rezan mucho. Y tampoco podemos decir que el Judaísmo es únicamente una religión materialista en la que unos rabinos estudian la Torá todo el tiempo mientras que otros son banqueros y controlan el mundo.

El estudio de las religiones, las filosofías, el hermetismo, o cualquier otro conocimiento que trate directamente sobre las cuestiones del Espíritu, requiere de minuciosidad, reflexión y respeto. Pero no solo queda ahí. Muchas personas se preguntan sobre la utilidad de la filosofía, las religiones, o el hermetismo. Parece ser que si no es práctico no sirve. Entiéndase aquí “práctico” como el acto de “hacer” algo visible -una meditación, una visualización, una petición-, que mejore la situación presente del individuo. La utilidad del estudio abarca muchos aspectos. Nos proporciona nuevas ideas que antes no habíamos pensado. También puede confirmar experiencias o reflexiones que hemos tenido anteriormente, ampliando nuestro entendimiento sobre su naturaleza. Asimismo, el estudio, siempre que lo hagamos conscientemente, nos inspira; los textos místicos, o incluso filosóficos, nos conectan con lo ontológico: el lenguaje y la letra como apertura del alma hacia el Espíritu. Todo esto resulta, en su conjunto, en un cambio en nuestra percepción. Y no hay mayor “práctica” que el cambio de nuestra percepción, que es el cambio de nuestro modo de vivir la vida.

Por tanto, “lege, lege, lege, relege”, y recordemos, siempre desde la Conciencia, es un acto de cambiar nuestra percepción, un cambio que nos direcciona hacia el Espíritu.

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