Trabaja y encontrarás: La oración (parte I)

Por Álvaro González

«Cuídate de delimitarte por un dogma específico y perder la fe en todo lo demás, para que no se te escapen grandes bienes… Sé en ti mismo materia para las formas de todas las creencias, pues Dios es demasiado extenso y tremendo como para que lo restrinjas con un nudo en lugar de con otro.» –Ibn Arabi, Los Engarces de las Sabidurías

«Quien asesora a su propia alma debe investigar, a lo largo de su vida en este mundo, todas las doctrinas que tratan de Dios. Debe aprender con qué fundamento cada poseedor de una doctrina afirma la validez de ésta. Una vez que su validez le ha sido afirmada en la modalidad específica en que es correcta para quien la mantiene, ha de apoyarla con respecto a quien cree en ella.» – Ibn Arabi, Las Revelaciones de la Meca, II 85. II

Estas palabras del Maestro Ibn Arabi son una invitación a la apertura y estudio de las diferentes formas en las que el Conocimiento ha sido plasmado y enseñado a lo largo de los tiempos. Pero no se refiere al estudio realizado con el intelecto del modo habitual, es decir, al ejercicio de acopio y organización relacional de datos.

Cuando se tratan las cuestiones del Espíritu, de lo Divinal, el intelecto, tomado por la Conciencia[1], se convierte en una herramienta que permite interactuar conscientemente, participar, y por tanto también describir –o formalizar- la ontología (esencia) del objeto estudiado, como por ejemplo, una religión, una filosofía, etc.

En cuanto al estudio de los textos sagrados, dicha interacción y participación es la conexión y la sumersión con y en el contenido esotérico –místico e iniciático- de estos. Esto implica trascender la literalidad del texto, pero no interpretándolo libremente según a conveniencia del interpretador. Estando el interpretador ubicado en la Conciencia o anhelando el estado consciente –no confundir anhelo con ambición o deseo; el anhelo es la tendencia natural hacia el Espíritu, mientras que la ambición y el deseo son egoicos-, conecta con la fuente de la palabra sagrada.

En este sentido, es lo mismo que hace un monje zen cuando “resuelve” un koan: rompe las estructuras lógico-discursivas habituales, y así se sumerge en la experiencia del Despertar. El koan se resuelve cuando el monje interactúa directamente con la fuente de la cual surgió el mismo koan.

Con los textos sagrados, los textos escritos por los Maestros, etc., no solamente aprendemos de las enseñanzas que nos transmiten, sino que, cuando reconocemos en los libros ése “halo” que nos imbuye en la experiencia consciente, dichos textos nos inspiran, nos instruyen, nos llaman y, en definitiva, nos recuerdan qué somos realmente.

“Ora, Lege, Lege, Lege, Relege, Labora et Invenies”

Para que el estudio pueda ser fructífero es indispensable que sintamos el anhelo espiritual, pues es el Ser el que nos guiará en todo momento, seamos conscientes de ello o no.

En la ciencia de la Alquimia tradicional europea encontramos un axioma que resume concisamente el trabajo en el Autoconocimiento:

“Ora, Lege, Lege, Lege, Relege, Labora et Invenies”

(Ora, Lee, Lee, Lee, Relee, Trabaja y Encontrarás)

– Mutus Liber

Vemos que la primera palabra escrita es “Ora”. La oración es fundamental si realmente pretendemos el Autoconocimiento. Pero es necesario entender qué es la oración y cuál es su sentido. Evagrio Póntico, uno de los más importantes Padres del Desierto, escribió:

“La oración es una conversación de la inteligencia [superior] con Dios[…] La oración es una elevación de la inteligencia [superior] hacia Dios.

La oración es un estado imperturbable, más allá de las cumbres del intelecto, alcanzado por la inteligencia enamorada de la sabiduría.”

La oración es una rendición consciente ante la Divinidad. No tiene por qué implicar arrodillarse a rezar ni a vivir con miedo de no ser un buen religioso; la oración puede darse en todo momento y lugar. Es el acto consciente de conectar con la realidad esencial de lo que somos, el Ser. Cuando oramos conscientemente, estamos pidiendo al Ser que se manifieste a través de nosotros. De ser un enrejado de elementos psicológicos dispersos, contradictorios e ilusorios, pasamos a convertirnos en vehículos de manifestación del Ser, la Divinidad en nosotros, o mejor dicho, la Seidad a la que pertenecemos. Sin oración no hay Recuerdo de Sí, pero entendiendo “oración” como ésa relación pretendidamente directa con la Seidad.

Evagrio Póntico además aconseja:

“Si quieres orar dignamente, renuncia a ti mismo a cada instante y, ante toda clase de pruebas, toma sabiamente tu partido por amor a la oración.

No debes contentarte con las actitudes exteriores de la oración; aplica en cambio tu inteligencia a sentir la oración espiritual con gran temor [entiéndase “temor” o “temor de Dios” como el modo en que el alma se ubica bajo la égida de la Divinidad].

La oración sin distracciones es la intelección más alta de la inteligencia.

Ruega, en primer lugar, ser purificado de las pasiones [el ego], después, ser liberado de la ignorancia y, en tercer lugar, ser liberado de tentaciones y desviaciones.

No imagines la divinidad en ti cuando oras ni dejes que tu inteligencia acepte la impresión de una forma cualquiera; mantente inmaterial y tú comprenderás.

La atención que busca la oración encontrará la oración, pues, si la oración sigue a alguna cosa, es a la atención. Apliquémonos a ello.

En tu oración busca únicamente la justicia y el Reino, es decir, la virtud y la gnosis, y todo lo demás te será dado por añadidura (Mateo 6, 33).”

En ocasiones podemos caer en el error de creer que para trabajar en el Autoconocimiento primeramente hemos de solucionar todas las problemáticas que presenta la vida cotidiana –la familia, el empleo, las necesidades básicas, etc.-. Hay personas que creen que una vez tengan cierta estabilidad económica y social que les dé tranquilidad -¿existe todo eso?-, pueden entonces dedicarse a la espiritualidad.

Pero la Tradición ya expresa, muy claramente, por ejemplo, en el versículo de Mateo mencionado por Póntico, que busquemos ante todo el Reino de Dios, pues todo lo demás es secundario, y la Divinidad, en su infinita Misericordia y Compasión –pues ella es el Camino, la Verdad y la Vida-, nos da su guía y su sustento.

Soy consciente de que en este texto parezco un religioso redomado, pero quisiera invitar al lector a que lea más allá de las palabras que estoy escribiendo. La auténtica Mística, la auténtica Búsqueda, el anhelo espiritual, trasciende las formas, las dialécticas, las perspectivas, los conceptos, etc. ¿Se siente usted cómodo/a nombrando a la Divinidad “Dios”? Hágalo. ¿Tao? Será válido. ¿Brahma? Por qué no. Pero tenga usted presente, querido lector, que estos nombres y otros tantos son delimitaciones conceptuales que no designan la Realidad como tal. Son atribuciones que intentan dar forma a aquello que percibimos y consideramos como lo más excelso, la fuente de la vida, la creación, el amor… Pero son designaciones que, si bien nos ayudan a ubicar un contexto apropiado para el trabajo esotérico, no son verdades definitivas, aunque puedan acercarse a ellas. Recordemos las palabras del Maestro Ibn Arabi al principio de este texto:

«Cuídate de delimitarte por un dogma específico y perder la fe en todo lo demás, para que no se te escapen grandes bienes… Sé en ti mismo materia para las formas de todas las creencias, pues Dios es demasiado extenso y tremendo como para que lo restrinjas con un nudo en lugar de con otro.»

En el momento en que reconocemos la necesidad de ubicarnos en el Ser, lo cual trae consigo el recuerdo constante de su Realidad, el Autoconocimiento se convierte en una prioridad en nuestra vida. Esto se traduce en una mejor convivencia, no solo con nosotros mismos, sino con los demás y el entorno.

En la siguiente parte de este trabajo continuaremos analizando la cuestión de la diversidad en el Autoconocimiento y el aspecto práctico del axioma alquímico que hemos comenzado a desentrañar.

Notas:

[1] El centro intelectual superior.

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