La insatisfacción: entre el Deseo y el Anhelo

Por Ángeles Soto

«Lo que más vale en el hombre es su capacidad de insatisfacción.»

José Ortega y Gasset (1883-1955).

Filósofo y ensayista español.

Hay dos tipos de deseo:

  1. El que se satisface, momentáneamente, con el objeto de deseo

  2. El que no se satisface.

El primero, es decir, el deseo que se satisface, lo hace de forma aparente, pues, aunque se logre el deseo tan anhelado, la satisfacción obtenida suele durar poco, ya sea porque se descubre que lo obtenido no aporta tanto como se pensaba, o ya sea porque en poco tiempo estamos buscando saciar otro deseo y el «radar» vuelve a encenderse y a desear…

Se suele decir que cuando deseamos algo, lo peor que nos puede pasar es que lo consigamos. Esto es cierto en más ocasiones de las que nos pensamos. Que un deseo se cumpla suele ser nuestro mayor deseo, valga la redundancia. Pero cuando un deseo, sea el que sea, se ha sostenido durante mucho tiempo, con la inversión de energía que implica al pensar en él, imaginando, fantaseando sobre lo que haríamos o dejaríamos de hacer al conseguirlo, elaborando mil y una ideas y emociones alrededor de él, suele suceder que cuando lo obtenemos, la satisfacción no es ni la mitad de intensa y/o extensa que todo lo que hemos realizado para obtenerlo.

Aunque estemos realmente satisfechos —si es que esto es posible— se siente una sensación de vacío o, cuanto menos, de no tan lleno o satisfecho como se debería de sentir. El ejemplo más claro de esto es el del estudiante universitario que, después de invertir una gran cantidad de esfuerzo, tiempo y dinero en estudiar una carrera, al acabarla, siente que algo falta… Lo que suele faltar es la intensidad y la costumbre de vivir constantemente en esa intensidad.

Son muchas las veces que nos sentimos satisfechos, momentáneamente, durante el día. Suele ser cada vez que satisfacemos un deseo relacionado fundamentalmente con las necesidades físicas como comer, dormir, disfrutar de una afición, etc. Sin embargo, estas pequeñas satisfacciones suelen durar poco y rápidamente volvemos a encender el «radar del deseo» buscando un nuevo placer. Esto suele pasar debido a que lo que más placer y satisfacción nos aporta, realmente, no es el objeto de nuestro deseo, sino el simple hecho de desear.

A nivel psicológico, la aportación de sensaciones y de emoción de la expectación ante la posible obtención del objeto de deseo, siempre es mucho mayor que la satisfacción obtenida al conseguirlo. Este es el caso de las personas enganchadas, por ejemplo, al juego o a las apuestas. Las sensaciones y emociones que sienten mientras están jugando o apostando, son tan fuertes, tan intensas que, aunque ganen o pierdan, vuelven una y otra vez, pensando que lo que quieren es ganar, sentir el triunfo del logro. Pero lo que realmente los lleva, de forma inconsciente, a arriesgar otra vez, es la intensidad, la emoción, el «chute» de adrenalina que supone la expectación durante el juego. Y eso siempre antes de conseguir o no aquello que creen que desean, cuando lo que realmente desean es desear.

Al segundo, al deseo que no se satisface podemos llamarlo insatisfacción. Hay, también, dos tipos de insatisfacción. El primero es aquel que aun obteniendo el objeto de deseo no se satisface y desea más y más. Esta insatisfacción es la que lleva a la adicción, a la violencia, a excesos y extremos de todo tipo. Y es exactamente igual, en muchos casos, al deseo satisfecho momentáneamente del que hemos hablado más arriba.

El segundo tipo de insatisfacción es el que surge de forma innata, aparentemente; es decir, es una insatisfacción que no surge porque desees algo concreto, sino porque hay algo que deseas, que necesitas, que sientes, pero no sabes qué es. Esta insatisfacción se puede confundir, a veces, con el primer tipo y buscar constantemente objetos de deseo que nunca satisfarán, ni siquiera al principio.

A este tipo de insatisfacción se lo identifica, a veces, con el vacío existencial. El vacío existencial surge, fundamentalmente, cuando nada de la vida convencional nos llena realmente. Nos parece coherente lo que hacen los demás, lo que se potencia desde los valores de la sociedad, como, por ejemplo, estudiar para tener una carrera y al finalizar esa carrera conseguir un trabajo; salir con alguien porque, además de apetecernos, a la larga nos gustaría crear una relación y formar una familia; ganar dinero y comprar lo que más nos guste o ahorrar para gastarlo en unas vacaciones, etc. Es como si nada de lo que nos ofrece la vida tuviese sentido, por eso se siente esa insatisfacción, que podemos identificar, erróneamente, por un vacío que no es tal, sino todo lo contrario.

Al pensar que es un vacío, solemos intentar llenarlo haciendo lo que los demás hacen, estudiando, trabajando, haciendo vida social, intentando «triunfar» en nuestra vida. Pero lo peor de todo es que, aunque consigamos todo lo que nos propongamos, aunque logramos todo lo que logran los demás y mucho más, la sensación de insatisfacción no desaparece. Necesitamos algo más. Pero no sabemos el qué.

Este tipo de insatisfacción se puede identificar, en muchos casos, como anhelo espiritual. Cuando no se sabe qué se busca, ni que lo que se busca tiene que ver con algo del mundo interior o espiritual de uno mismo, la vida se convierte es una especie de maldición, donde uno se puede volver una persona totalmente desesperada por conseguir algo que jamás va a conseguir, puesto que no sabe que es lo que quiere. Será una persona siempre insatisfecha y que no podrá disfrutar plenamente de nada en su vida. Esto hará que sea una persona infeliz que, inevitablemente, hará infelices a los demás.

Por otro lado, cuando se descubre que este tipo de insatisfacción es debida al anhelo de lo espiritual, a la necesidad de integrar la dimensión espiritual en tu vida, resulta extraordinario, puesto que, aunque esa insatisfacción aún no desaparezca, se aprende a enfocar toda esa tendencia, todo ese anhelo, hacia lo consciente, hacia lo espiritual. Nos convertimos así en lo que en la tradición espiritual o gnóstica se llama el «eterno insatisfecho», el buscador incansable de la gnosis —conocimiento esencial— y de la verdad.

«Deseo, anhelo, insatisfacción, tender hacia»; todos estos estados internos, psicológicos, manifiestan una misma tendencia, una misma realidad, la del Espíritu o Divinidad en nuestro interior, manifestándose, ya sea en una dirección, hacia «abajo», con el deseo, o ya sea en otra dirección, hacia «arriba», con el anhelo. Cuando nos damos cuenta de la naturaleza de esta realidad, de esta dinámica universal que verificamos en nuestro universo —microcosmos— interior, estamos en camino de poder usarla a su favor. A este deseo de lo divino se le llama anhelo, pero también inspiración. La insatisfacción se convierte así en su contrario: la Inspiración.

Al entender todo esto nos damos cuenta de que la insatisfacción jamás desaparecerá pues en sí misma no es nada más que la verificación de una realidad o tendencia del Universo, la de manifestarse en la creación. La insatisfacción, por lo tanto, es cómo verificamos en nuestra propia psiquis esta ley universal, pero desde el desconocimiento de la misma. Es la ley del constante movimiento, de la impermanencia de todas las cosas. Si todo está en constante movimiento en el universo, ¿cómo pretendemos sentirnos satisfechos de forma permanente? El sentirse satisfecho, en sí mismo, es una falacia. Para que la insatisfacción desapareciera totalmente de nuestra psiquis, tendría que cesar todo movimiento en el universo, algo bastante improbable.

Cuando uno se hace consciente de esta ley, la constante impermanencia de todas las cosas, el constante movimiento —que implica también inevitablemente, la constante incertidumbre—, y acepta sumergirse conscientemente en esta realidad, la insatisfacción o deseo/anhelo se convierte en la eterna fuente de donde surge la necesidad de integración, el «recuerdo de sí» o reconocimiento de la naturaleza espiritual —consciente en uno—, que nos permite evidenciar los estados de emoción superior y de comprensión. Esto es en sí el «calor solar» o calidez del corazón, que nos permite acercarnos progresivamente y cada vez más, a lo espiritual.

Es en ese momento cuando tenemos que observar la tendencia, fundamentalmente instintiva, un tender hacia, y revertir esa tendencia, esa inercia, hacia la dirección contraria. Si ya hemos comido, dormido, disfrutado, si las necesidades primeras están cubiertas, lo que ahora toca es ubicarse en la autoconciencia y verificar que aquello que llamábamos insatisfacción se ha convertido en inspiración, en visión coherente de que todo, absolutamente todo, es impermanente.

En la Tradición espiritual se suele decir que: «hay que aprovechar toda circunstancia a nuestro favor»; «las peores circunstancias son las mejores oportunidades que tenemos para conocernos»; «el viento y las olas van a favor de aquél que sabe navegar»; etc. Sin embargo no nos damos cuenta de que la oportunidad viene de una forma mucho más sencilla de lo que nos pensamos. Es en esos momentos de insatisfacción cuando uno puede y debe renunciar en aras de un estado superior. Es en esos instantes de renuncia, cuando somos capaces, al negarnos a nosotros mismos, de transformar ese supuesto vacío existencial en anhelo espiritual; de convertir un estado de desasosiego y sufrimiento en una oportunidad de experimentar estados de liberación y dicha espiritual.

Podríamos decir entonces que la insatisfacción es necesaria o buena para el auto-descubrimiento. Pero más que esto, la insatisfacción es cómo verificamos esa ley universal del constante movimiento de todas las cosas. De nosotros depende si volvemos consciente esa ley en nuestro microcosmos interior, para que nos ayude en la liberación y la autorrealización, o seguimos dejando que nos atrape y seamos únicamente esclavos de ella.

«Jamás se descubriría nada si nos considerásemos satisfechos con las cosas descubiertas».

Séneca (2 AC-65).

Filósofo latino

«Donde hay satisfacción no hay revoluciones».

Confucio (551 – 479 a. C.).

Filósofo chino

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.