La catedral de Notre Dame de París y el Hermetismo

por Ángeles Soto

Todas las catedrales están dedicadas al aspecto femenino de la divinidad, Mare de Déu, Notre Dame o María. Tradición milenaria que se va pasando de una religión o creencia en otra. Todas las catedrales son la representación de la matriz universal, la materia madre o Prakriti del hinduismo, sobre todo la cripta, que todas tienen, o el pozo, como la de Tarragona. Las aguas primordiales o las entrañas de la Madre Tierra, corrientes telúricas o Wivres, las venas del Dragón de los Druidas, las cuales tenemos que integrar con las energías descendentes del cosmos, del cielo o solares. La catedral es el espacio privilegiado y simbólico para recrear esa unidad entre cielo y tierra. La catedral es el puente, el nexo de unión entre materia y espíritu; por eso es espacio siempre sagrado, un lugar donde lo espiritual impregna todos nuestros sentidos y a la vez la materia se transfigura, integrándola, sublimándola, devolviéndola a su también sacro lugar. La catedral es el culto a lo femenino por excelencia en Occidente y Notre Dame su mayor y más importante representante. No debemos olvidar que está en París, la ciudad de Isis o más exactamente la “Casa de Isis”. Se dice que el culto a la Diosa Isis egipcia estaba muy extendido en Francia y que el nombre de París sería el resultado, entre otras opiniones, de la yuxtaposición de Per/Par, (palabra que designa al “recinto que rodea la casa” en egipcio) e Isis, por lo tanto “La casa o el recinto de Isis”.

Se sabe, además, gracias, entre otras, a la obra de Fulcanelli El misterio de las catedrales que esta catedral está dedicada a la Alquimia, antigua ciencia espiritual que, en lenguaje simbólico, nos habla del majestuoso arte del despertar espiritual convirtiendo el plomo de la burda personalidad en el esplendoroso oro del espíritu.

Para empezar su estructura en cruz latina, igual en múltiples iglesias y catedrales, que nos recuerda a Cristo crucificado. Tiene un significado muy anterior al cristianismo, puesto que la cruz es un símbolo universal por excelencia que nos habla del entrecruzamiento de dos realidades opuestas y complementarias entre sí y del fruto de ese cruce o unión. De nuevo cielo y tierra, pero también positivo y negativo, espíritu y materia, hombre y mujer.

Y sus dos solemnes torres a izquierda y derecha en la fachada principal de la catedral, como dos grandes guardianas que vigilan la entrada a ese mundo misterioso de unidades que se integran dentro del templo.

Lucifer pensativo

Como Jakin y Boaz, guardianas imperturbables y eternas del Templo de Salomón. Además, repletas ellas mismas desde las alturas de otros guardianes y vigilantes incansables, las gárgolas en su triple función de guardar, preservar y prevenir y las quimeras que, aunque hayan sido añadidas al templo recientemente (s. XIX), no desentonan en absoluto, sino que más bien realzan la importante labor guardiana de las torres. Hay algunas de ellas de las cuales merece la pena hablar, como el Lucifer reflexivo (el Lucifer, el portador de la luz, el Luce-fare, o hacedor de la Luz (en nuestro interior)), que hinca sus codos en la balconada echando una melancólica mirada a París (la Ciudad de las Luces), o el Alquimista con su gorro frigio, representante de un Conocimiento secreto perteneciente a las Logias de canteros que hicieron posible esas grandes obras, en piedra y en sus mundos interiores.

Y las gárgolas, esos seres monstruosos que desde las alturas nos vigilan y realizan su triple función como comentábamos: guardar, preservar y prevenir. Que guardan el templo de todos aquellos que pretendan profanarlo, igual que las quimeras, asustándolos con sus terribles apariencias y sus bocas inmensamente abiertas. Que preservan al templo de su deterioro, pues realizan la función de vierteaguas, canalizándola y haciendo que se precipite hacia el suelo alejada de los muros del mismo templo. Y por último la función más simbólica y por tanto más profunda: la de prevenir a los fieles del grave error de verter nuestras propias aguas (energías internas) descontroladamente, pues corremos el riesgo de convertirnos en monstruos, como las mismas gárgolas. Perder nuestras energías internas equivale a perder nuestra dimensión espiritual, las “aguas de vida” de las que hemos de nacer a una “nueva vida”. Vida espiritual representada en esta y todas las catedrales e iglesias en las aguas benditas que contienen las pilas que encontramos a la entrada del templo.

Y también tenemos que hablar de que, en este templo, cumbre de la Alquimia medieval, sus constructores lo-

Atanor de Notre Dame.

graron esculpir un atanor, el horno donde los alquimistas realizaban sus transmutaciones para obtener la piedra filosofal que debía de otorgarles, entre otras cosas maravillosas, la tan ansiada inmortalidad. Entre sus tejados, de espaldas a las quimeras de sus torres encontramos, casi escondido, una pequeña construcción que parece una chimenea con dos tubos de piedra o mármol salientes. Ese es el atanor, misterioso y oculto, a no ser que accedas a las alturas de sus torres y colocándote entre las quimeras, alcances a ver la tan misteriosa construcción.

También debemos hablar de las tres puertas principales con sus múltiples símbolos de piedra que como una enciclopedia pétrea nos enseña el arte hermético que debemos descifrar, cual acertijo, para traspasarlas y acceder a ese misterioso interior donde se unifican cielo y tierra. En estas puertas ricamente ornamentadas encontramos símbolos de diversa índole relacionadas con historias del Antiguo y Nuevo Testamento, reyes, profetas y ángeles, así como también la escena del juicio final, tan utilizada para adornar los tímpanos de tantas y tantas puertas principales de muchas catedrales. Además, encontramos símbolos paganos como los signos del zodíaco y símbolos totalmente herméticos como los medallones de la parte baja, a la altura de los ojos de cualquier persona, del dintel de la puerta central o del Juicio final.

Ahí encontramos la famosa imagen de la Filosofía o de la Teología, en el centro de un total de siete medallones, que representan, de derecha al centro, la Geometría, la Dialéctica y la Medicina; y de izquierda al centro, la Música, la Gramática y la Astronomía, y que personificarían en su totalidad a las siete artes liberales llamadas Trivium y Cuadrivium, es decir, los estudios que se realizaban en las universidades en la Edad Media y heredadas de la antigüedad clásica.

Esta famosa imagen, que no parece ser ni señora ni señor, está sentada entronizada, hundiendo la parte alta de su cabeza entre las nubes. Y en el centro, desde sus pies a su garganta, una escala de nueve peldaños, simbolizando las diferentes fases por las que hay que atravesar para alcanzar el mundo espiritual, representado por aquello que está más allá del cuello. Cuello, que representa, en el simbolismo del cuerpo, el abismo que hay que traspasar para acceder de lo psíquico a lo puramente espiritual, representado por la cabeza. Aunque aún hay un paso más, el celestial o divino, representado por las nubes, que borran toda distinción, permitiéndonos sumergirnos en el origen de todo lo creado y más allá de todo lo manifiesto.

Esta figura lleva dos libros en la mano: uno abierto, el exoterismo, accesible a casi todos, y uno cerrado, el esoterismo, sólo accesible a los ya iniciados en el conocimiento hermético y hermenéutico de la Tradición espiritual.

Y, por último, en la otra mano lleva un báculo coronado por una piña piñonera. La piña representa, tanto por su forma como por su aproximación fonética, el desarrollo de la glándula pineal, o como se ha llamado en otras Tradiciones, el “tercer ojo” o visión interior, visión espiritual.

Y muchos simbolismos más encontramos en esta y tantas obras del románico y del gótico, con añadiduras simbólicas más recientes de la mano de esas órdenes secretas o esotéricas que, contra todo pronóstico, aún conservan el dulce néctar del auténtico Conocimiento hermético-espiritual, conocimiento liberador, que permite, asimilando sus enseñanzas, el desarrollo de la Conciencia de todo ser humano que se acerque a develar sus secretos.

Sería imposible develarlos todos, pero esos símbolos eternos están ahí para que los busquen, para los que anhelen el aroma de lo divino, para los que quieran aprender, investigar, trabajar. Para los que busquen incansablemente el rastro indeleble de tantos y tantos Hermanos mayores que nos han dejado sus miguitas de pan para que podamos rastrearlos. Fullcanelli, Guénon, Burckhardt y muchos más…

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