San Jorge, la leyenda eterna

por Ángeles Soto

San Jorge, del que se cree que es original de Capadocia, fue un soldado romano probablemente del siglo IV, que fue ajusticiado y mandado decapitar el 23 de abril de 303 d.C., por el emperador Diocleciano por no renegar de su fe cristiana al iniciarse la persecución contra esta religión. Posteriormente se le empezó a venerar como santo y mártir.

Mucho más tarde, ya en el siglo IX, aparece la famosa historia del dragón. Cuenta la leyenda que había un dragón que atemorizaba a un pueblo del que exigía cada día el sacrificio de dos corderos. Cuando el ganado empezó a escasear, se decidió sacrificar a una persona elegida por sorteo. Hasta que llegó un día en que le tocó a la princesa sacrificarse. En ese momento aparece el caballero San Jorge en su caballo y mata con la lanza al dragón liberando así a la princesa. De la sangre del dragón brota una rosa roja que San Jorge regala a la princesa. Por su hazaña se le premia con grandes tesoros, pero él prefiere repartirlo entre los pobres. En otras versiones es casa con la princesa.

Aunque esta leyenda hace su aparición en el siglo IX, realmente, la leyenda de San Jorge no fue nada más que la reactualización y cristianización de un mito ancestral pagano que está presente, con pequeñas variaciones, en casi todas las culturas y épocas. Esta leyenda es el mito eterno del caballero, la princesa y el dragón. Aunque hay varias versiones, la más conocida, además de la de San Jorge, es la historia del príncipe (caballero) que debe rescatar a la princesa que se haya atrapada en una gran torre custodiada por un dragón (o una bruja, por ejemplo, en el cuento de Rapunzel). Ese dragón custodia además un tesoro que será de aquel que logre matarlo y librar al reino de su acoso. Cuando esto sucede el caballero no sólo consigue el tesoro sino el amor eterno de la princesa. El típico cuento de hadas, que realmente es una forma magnifica de dar a conocer los arquetipos y símbolos universales y que son herederos de la antigua mitología de cualquier tradición.

Pero realmente, ¿cuál es el significado profundo de los símbolos que aparecen en estas historias y más concretamente en la historia de San Jorge? Aunque la historia pueda remitir a antiguos mitos como el de Perseo y Andrómeda de los antiguos griegos o nos recuerde al mito cristiano del Arcángel San Miguel en su lucha contra el diablo, lo cierto es que la historia de San Jorge tiene suficientes elementos por sí solo como para poder desligarlo de cualquier historia anterior y contemplarla por sí misma.

Interpretando esta historia desde la visión de la hermenéutica espiritual, que nos acerca a los símbolos y arquetipos que desenvuelven la realidad tanto psicológica como espiritual del ser humano, podemos entender lo siguiente:

Un dragón atemoriza a un pueblo o reino y lo diezma tanto de ganado como de personas. El reino o pueblo hace referencia al reino interior de cada persona, a la realidad interna tanto psicológica como espiritual. El dragón, que es uno de los tres grandes protagonistas de esta historia, es un símbolo universal que tiene muchas significaciones, tanto negativas como positivas. No olvidemos que, en algunos lugares de oriente, como China, representa la realeza, al Emperador, además de ser un símbolo de buena suerte, fuerza y sabiduría (entre muchos otros atributos). Tampoco olvidemos que el dragón y la serpiente eran animales (en este caso uno mitológico y otro real) venerados en la antigua tradición druídica. Los druidas denominaban wouivres, es decir, serpientes o «senderos o venas del Dragón» a las corrientes telúricas que corren por el interior de la tierra y que podían ser utilizadas para nuestro provecho.

Sin embargo, en la historia de Sant Jorge, el dragón es claramente representante de algo negativo que hay que eliminar. El dragón representaría, en este caso, las fuerzas más instintivas y oscuras del ser humano, que cuando campa a sus anchas, devora poco a poco todas las potencialidades conscientes y luminosas que habitan en nuestro interior (nuestro reino o universo interno). Como todo monstruo, ya sea una esfinge, como con Edipo, o una gárgola de una catedral, o una gorgona como la Medusa en el mito de Perseo, el dragón sería el guardián de un «tesoro» que debemos recuperar. Ese tesoro está representado, en este mito, realmente, por tres tesoros.

El primero de esos tesoros es el dragón mismo. El dragón también tiene en su amplia significación el de ser símbolo de los cuatro elementos de la naturaleza. El fuego, porque lo escupe por la boca, el agua porque es un animal que nada bajo las aguas, la tierra porque camina por ella y el aire porque tiene alas y vuela. Por lo tanto, es también símbolo de las potencialidades de la misma Tierra. En nuestro interior esas potencialidades son las energías internas del ser humano, es decir, las energías de nuestra propia tierra interior. El dragón representaría, por tanto, las posibilidades de desarrollo de todas las potencialidades tanto psicológicas como espirituales del ser humano. Pero… si no se trabajan y se hacen conscientes, no solamente se pierden, sino que se vuelven en nuestra contra. Es decir, esas potencialidades, en vez de convertirse en virtudes o cualidades que nos ayuden en nuestra vida, se convierten en defectos y negatividades que nos hacen la vida más difícil y que acaban arrasando y destruyendo todo a su paso, como el dragón con el reino. Pero cuando el dragón es eliminado, es decir, integrado, se convierte en la propia sabiduría que se extrae de todo proceso de comprensión de aquello que no conocemos. Por lo tanto, el dragón en sí es el primer tesoro.

El segundo tesoro es el tesoro propiamente dicho, que todo dragón guarda en su guarida o cueva. El tesoro representa esas mismas cualidades conscientes o dones del espíritu que se liberan y se integran al vencer al guardián o dragón. Este tesoro sólo es accesible a aquel que penetre hasta lo más profundo y oscuro de la cueva o guarida. Es decir, el que baje y penetre en lo más profundo de su propia guarida interior, su subconsciente.

El tercer tesoro es el más importante de todos: la princesa. La princesa, como el dragón, tiene varios significados. Representa a la vez la inocencia y la realeza. Realeza, además, en su doble significado de pertenencia a lo más elevado y realeza de real, de realidad. La princesa es en sí, el alma, la esencia, la chispa divina que, si no es rescatada sucumbirá a la fuerza bruta e instintiva de los deseos, representada por el dragón. En la leyenda la princesa es ofrecida al dragón cuando éste ya ha devorado el ganado, es decir, cuando las cualidades y potencialidades más devenidas, más densas o de menor valor han desaparecido y no queda más remedio que recurrir a lo más sagrado, las cualidades superiores o espirituales. Aquí y este momento es cuando verdaderamente se corre el riesgo de perderlo todo, de perder la oportunidad de hacernos conscientes de nosotros mismos y de nuestra realidad ontológica o espiritual. Por eso es en ese momento cuando aparece el principal protagonista y héroe de la historia: San Jorge.

San Jorge es el caballero de la reina, o de la princesa. Es la otra parte, el complemento del alma en el «misterio de las almas polares» o «almas gemelas» de la tradición hermética. Son llamadas también alma humana y alma divina; el Caballero y la Dama de sus pensamientos. El caballero (San Jorge en este caso), es la parte activa, la que hace el trabajo, consciente de la necesidad de eliminar lo oscuro o negativo, de eliminar al dragón. Es la capacidad de ver, el conocimiento que permite librarnos de esas fuerzas egoicas u oscuras que cargamos en nuestro interior. Pero el caballero va a caballo y mata al dragón con una lanza. Montar y dominar al caballo, simboliza la capacidad de conocer y dominar nuestras cuatro «naturalezas inferiores»: el cuerpo, la energía vital, las emociones y la mente. El que monta el caballo ha dominado estas naturalezas y por lo tanto tiene la sabiduría para vencer a la fuerza más bruta y más profunda que representa el dragón. Lo hace con una lanza, símbolo de poder y también, a nivel microcósmico, de nuestra columna vertebral con las energías internas despiertas y organizadas. Es a raíz de trabajar con nuestras realidades más profundas tanto a nivel psicológico, como energético, que lograremos vencer lo más oscuro y negativo de nuestro interior.

Finalmente, en esta leyenda de San Jorge, no puede faltar el símbolo por excelencia, entre otras cosas, del amor: la rosa roja. La rosa que brota de la sangre, sangre que representa las mismas energías con las que hay que trabajar internamente. La sangre, al convertirse en una rosa, no es derramada, sino sublimada. Y esa sublimación implica la transformación del dolor-energía (sangre) en conocimiento-amor, representado por la rosa roja y que se convierte además en símbolo de la unión de los opuestos, de las dos almas complementarias, gemelas, masculina y femenina, que por fin forman un solo ser, una sola realidad: el despertar de nuestra propia dimensión espiritual.

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