La psicologización de la espiritualidad

Desde aproximadamente el final del siglo XIX, la sociedad occidental ha ido alejándose de más en más de la influencia de la religión.

En general el discurso religioso dejó de convencer, llegando a causar rechazo. La ciencia, imperante modelo dogmático actual, es el credo en el que se sostienen las personas para creer o no creer, convencerse o no de una cosa o la otra. Este tema ya ha sido muy estudiado desde hace mucho tiempo por autores de toda índole, y no es objeto de este artículo tratar dicha cuestión. La pregunta que vamos a plantearnos aquí es: en una sociedad casi totalmente secularizada, ¿qué sentido tiene nuestra vida?

El vacío que dejó el acto de dejar de creer en la religión fue grande. No porque el objeto de alejamiento sea la religión en sí misma, sino por el hecho de que las personas olvidan las cuestiones del Espíritu, pues las relacionan con el objeto de su rechazo y se perciben como supercherías, fábulas o cuentos.

Las personas que sentían ese vacío comenzaron a buscar algo que lo llenase. La historia ya la conocemos: la búsqueda de respuestas sobre los secretos de la vida pasó por Oriente, sobre todo la India. Luego aparecen personajes que mezclan espiritualidad con psicoanálisis y psicologizan la espiritualidad, una de las mayores aberraciones en contra del camino espiritual que se han cometido en el siglo XX. Más tarde, varios personajes hindúes, de nula calidad ética, aprovecharon la demanda de Occidente para llenarse los bolsillos y cometer todo tipo de abusos. El batiburrillo de psicología espiritualoide, prácticas milenarias utilizadas para la relajación y la búsqueda de la felicidad —ya no del Espíritu— e incluso el uso de drogas, generaron lo que hoy conocemos como movimiento de la Nueva Era.

He resumido estos hechos ocurridos en el siglo XX para entrar en contexto sobre qué nos ocurre como sociedad. Es cierto que la gran mayoría de personas no tienen búsqueda espiritual, pero quien está leyendo este artículo seguramente sí la tiene, pues si no fuera así no habría llegado hasta aquí.

La psicologización de la espiritualidad

La psicología, en sus diferentes escuelas y ramas, está muy arraigada en las creencias espirituales de quien busca el Conocimiento. Por eso hablamos aquí de psicologización de la espiritualidad. Extendida es la creencia de que, usando los métodos adecuados, nos liberaremos de traumas, miedos, rencores, emociones negativas, etc. Esa liberación se considera una liberación espiritual, ya sea porque el miedo ya no se apodera de nosotros, o porque hemos perdonado a tal o cual familiar, o lo que sea.

Esa liberación se confunde con el Despertar de la Conciencia. El estado que se siente con una descarga emocional, como por ejemplo con el uso de técnicas de respiración catártica y otras prácticas semejantes, solamente remueven la emoción, la recrean, pero no liberan en absoluto. La persona que las realiza se siente bien porque se sufre una descarga energética que se vivencia como cierto estado de liviandad, de relajación, pero ese estado es efímero y solamente fenoménico.

Estos métodos, sazonados con «enseñanzas antiguas» de tal o cual lugar del mundo, de este u otro maestro, constituyen una extraña mezcla de búsqueda de sanación psicológica, emociones fuertes e interpretaciones psicologistas de las enseñanzas de la Tradición. Y es que, en definitiva, la espiritualidad se ha convertido para la gran mayoría de personas en una forma de psicología y egocentrismo. Se busca la felicidad y no el Espíritu, se potencia la autoimportancia y no el Amor, el crecimiento personal y no la pobreza de Espíritu.

La psicologización de la espiritualidad, como hemos definido, es un fenómeno que toma elementos tradicionales y los reconvierte según el prisma de la psicología moderna, con los consecuentes resultados nefastos que hemos mencionado. Con este enfoque no queda lugar para la mística, para el contacto con la Divinidad —religare—, básicamente porque ya no se busca. El Camino del Autoconocimiento es el camino hacia la Unidad, lo cual implica el cese de la autoimportancia o amor propio para ser fuente de Amor. No busca el crecimiento, sino el decrecimiento personal, y no ser feliz o infeliz, sino sencillamente ser el Ser. Como puede apreciarse, dichos valores se han tergiversado, y esta espiritualidad «psicologizada» potencia el egocentrismo, reduciendo al Espíritu a un fenómeno emocional que provoca aparentemente bienestar y salud.

El sentido de nuestra vida

De este modo, el sentido de nuestra vida, desde la perspectiva que estamos tratando, se ha convertido en la búsqueda de la propia prosperidad y del bienestar de y con los demás —tristemente algunos autores llaman a eso «amor»—. Se busca ser «uno mismo», lo que desencadena, en ocasiones, actitudes como las siguientes:

  • «Digo lo que pienso, tengo derecho a hacerlo, no tengo por qué reprimirme.»
  • «Hago lo que quiero, cuando quiero y como quiero. Cuidado, soy responsable, pero me amo a mí mismo y tengo que respetarme, y si quiero decir que no diré que no, y si quiero hacer esto o lo otro lo haré.»
  • «Quiero ser feliz y nada ni nadie me lo impedirá.»
  • «Siempre pienso positivamente, el pensamiento negativo es malo para mí.»
  • «¡Cumpliré mis sueños!»
  • «Si lo deseas con la suficiente fuerza, se cumplirá.»

No entraremos a analizar ninguna de estas frases, no quisiera desviarme del hilo principal de la cuestión que estamos elaborando. Globalmente, estas actitudes y otras parecidas se preocupan solamente de la vida mundana del individuo, y técnicas como la Meditación o las enseñanzas herméticas se usan a modo de terapia.

El egoísmo y el egocentrismo se han convertido en estandartes de nuestro contexto social. Más separados los unos de los otros, mostrándonos ante todo el mundo en un impertinente ejercicio de vanidad —léase el típico uso personal de las redes sociales—, coleccionando recuerdos de aquellos efímeros momentos que vivimos como felices… desarraigados del Espíritu.

No olvidaremos aquí a todas aquellas personas y grupos que hacen labores de ayuda en pos del bien de los demás, o de aquellos movimientos que pretenden una mejor convivencia con los demás y el entorno. Pero, siendo quizá ahora un tanto riguroso, son cuestiones sociales, no del Espíritu. Son asuntos del mundo, lo cual no implica que tengamos que obviarlos para llegar al Espíritu; en todo caso, los asuntos del mundo han de vivirse desde el Espíritu.

¿Qué hacer?

Si hemos olvidado las cuestiones del Espíritu, ¿qué hacer? Recuperarlas. Ubicarlas en el lugar que corresponde, lo que significa para nosotros la propia reubicación en nuestra búsqueda espiritual.

Cuando una persona inicia la búsqueda espiritual, lo hace porque siente un movimiento interior, ese «algo» que le empuja hacia no sabe qué, pero que va más allá de lo mundano, de la vida «normal» como tal. Eso es anhelo espiritual, tendencia hacia el Espíritu. Si esa búsqueda la convertimos en una simple indagación hacia el bienestar, el anhelo se apaga, o más bien, lo apagamos nosotros, porque esa tendencia siempre está ahí, solo que no la escuchamos.

Es importante, si anhelamos el Despertar, revalorizar nuestra vida entera: ¿Cuáles son mis prioridades en la vida? ¿En qué posición está la espiritualidad en mi día a día? ¿Son ciertas mis creencias respecto al Camino del Autoconocimiento? Etcétera.

De hecho, la revalorización es constante durante el Camino. La revalorización es una tensión consciente que recreamos para no asentarnos en aparentes certidumbres y acomodamientos psicológicos. Revalorizar nos obliga a poner a examen nuestras creencias más arraigadas y nuestro compromiso con el Camino Iniciático, siéndonos útil para no conformarnos con lo que «tenemos». Como dice la Tradición, el buscador del Conocimiento es el eterno insatisfecho.

Es esencial, realmente lo más fundamental, ubicarse en la Conciencia, en la chispa divina que somos, nuestra auténtica naturaleza. Vivenciar con la Meditación, la Inspiración, la Oración, la Autoobservación, la experiencia infinita de la Divinidad.

Como aseguraba María Zambrano, la filosofía pregunta, la poesía responde. Y como hablar de la experiencia directa de la Divinidad no nos sería de gran utilidad, será más sugerente leer una de las inspiradas místicas poesías de San Juan de la Cruz.

                    Entréme donde no supe:
                    y quedéme no sabiendo,
                    toda ciencia trascendiendo.

  1. Yo no supe dónde estaba,
    pero, cuando allí me vi,
    sin saber dónde me estaba,
    grandes cosas entendí;
    no diré lo que sentí,
    que me quedé no sabiendo,
    toda ciencia trascendiendo.
  2. De paz y de piedad
    era la ciencia perfecta,
    en profunda soledad
    entendida, vía recta;
    era cosa tan secreta,
    que me quedé balbuciendo,
    toda ciencia trascendiendo.
  3. Estaba tan embebido,
    tan absorto y ajenado,
    que se quedó mi sentido
    de todo sentir privado,
    y el espíritu dotado
    de un entender no entendiendo.
    toda ciencia trascendiendo.
  4. El que allí llega de vero
    de sí mismo desfallece;
    cuanto sabía primero
    mucho bajo le parece,
    y Su ciencia tanto crece,
    que se queda no sabiendo,
    toda ciencia trascendiendo.
  5. Cuanto más alto se sube,
    tanto menos se entendía,
    que es la tenebrosa nube
    que a la noche esclarecía:
    por eso quien la sabía
    queda siempre no sabiendo,
    toda ciencia trascendiendo.
  6. Este saber no sabiendo
    es de tan alto poder,
    que los sabios arguyendo
    jamás le pueden vencer;
    que no llega su saber
    a no entender entendiendo,
    toda ciencia trascendiendo.
  7. Y es de tan alta excelencia
    aqueste sumo saber,
    que no hay facultad ni ciencia
    que la puedan emprender;
    quien se supiere vencer
    con un no saber sabiendo,
    irá siempre trascendiendo.
  8. Y, si lo queréis oír,
    consiste esta suma ciencia
    en un subido sentir
    de la divinal esencia;
    es obra de su clemencia
    hacer quedar no entendiendo,
    toda ciencia trascendiendo.

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