Luces paradójicas

Por Álvaro González

Hay instantes en que nacen seres humanos que cruzan puentes, convirtiéndose en eso mismo. Puentes, intermediarios, mensajeros. Estas almas fueron atravesadas y abrasadas por la auténtica naturaleza de lo que es y lo que no es, de la vida y de la muerte, del hacer y del no-hacer. Se les llama Maestros, Sabias, entre otros nombres. Esa cálida y relampagueante luz rebasa a dichas almas, las sobrepasa de tal modo que puede impregnar a los demás con sus destellos. Cuando eso sucede, se recrea interiormente cierta tendencia a revelar la realidad vivida. Eso es la Gnosis, y esa transmisión, siendo continua, es la Tradición.

Pero si eso que llamamos Gnosis toca a otras almas opacadas por su propia mismidad, la deformación viste sus mejores galas, como el cristal que refracciona el rayo de luz original cambiándolo de color y dirección. A esa refracción de la Gnosis se le conoce como dogma. Va con el ser humano, dormido en su autocomplacencia constante, el cambiar la dirección de las cosas hacia sí mismo, para luego defenderlas como si fuese el último bocado que le queda. Y es que así es el ego: un fagocitador insaciable, la opacidad que nos aleja de la luminosidad del Ser. El dogma es una versión a lo grande de eso: una retención del dinamismo universal, un defensor de la fijeza que devora sin miramiento cualquier movimiento del alma.

Un dogma no lo es solamente porque alguien lo ha creado, sino también por los creyentes que lo continúan y lo fortifican. Cada religión promete ser la definitiva y arremete por ser la única. Y cuando algún constructor de puentes, de los de verdad, se muestra, la connivencia de los fanáticos y fanatizadores derrumba sus nuevas construcciones.

Aun así, la buena nueva siempre brota. Nunca dejará de brotar. Germina y crece porque es regada y cuidada: siempre está ahí, para quien se acerque sin ambición a ella. La Gnosis no se conquista; «alcanzar» la Gnosis es el total desprendimiento, el abandono total de la opacidad, la ruptura del cristal que cambia los colores y la dirección de la luz. ¿Pero no se conquista el Cielo por asalto, y solo los valientes podrán llegar hasta allá arriba? Y decimos, ¿acaso no es el acto de valentía más grande la muerte interior, y no hay mayor asalto que dejarse asaltar el corazón por la Divinidad?

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Resulta ser que los seres humanos necesitamos formas, ya sean conceptuales, físicas o simbólicas, para usarlas como asidero de nuestra existencia. Una paradoja: las formas velan pero revelan, y viceversa. El puente une pero separa al mismo tiempo. El árbol da frutos pero también da sombra. Las filosofías, las religiones y las formas que intentan acercarse al Espíritu son «mapas, pero no senderos trazados», al decir del taoísmo. Esa es la diferencia entre el fanático y el pregnóstico: que el primero toma el mapa por el Camino y el segundo solo sabe que no tiene ni idea de si es verdad lo que dice el mapa ni hacia dónde lleva el Camino.

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La Tradición es presencia momentánea que deja una huella que permite ser rastreada. Esas huellas son las cadenas iniciáticas, que van más allá de las formas del tiempo y el espacio. La Tradición es una y las experiencias espirituales de los Iniciados son infinitas en su diversidad, pero también contienen infinitas semejanzas. La forma de cada fruto es diferente, mas el sabor es el mismo. Y lo que nos interesa es el sabor, no la cáscara. Nos comemos hasta la semilla, por si brota algo dentro de nosotros y se convierte en Palabra, esa palabra impronunciable y siempre presente que vuelve a ser fruto.

Un Maestro se mide por la calidad de su vacío interior. El vacío interior ahuyenta a la sombra, la opacidad, dando paso a la Luz de Luces. La Luz de Luces tiene, como decía, un sabor único y especial. Ese sabor colma los sentidos, la mente y el corazón; alimenta al alma. El culmen alcanzado es lo que llamamos Mística: baño de Luz que renueva al alma en el instante eterno. Porque en la Mística no se entiende de tiempo o de espacio: no existen. Y al no existir ni la linealidad de los segundos encadenados ni el río, la montaña o la ciudad, la Luz se expresa siempre, «aunque las lenguas y el conocimiento desaparezcan». La auténtica Belleza radica en que la Luz se hace visible —pues realmente siempre está— cuando el anhelo de quien clama en el desierto es lo suficientemente alto.

He aquí otra paradoja: nada que alcanzar y, sin embargo, mucho por hacer. Como dicen las sabidurías de Gregorio Niseno, «hay un tiempo para hablar y otro para callar». Hay cosas que no se pueden decir y otras muchas que se están diciendo todo el tiempo. Ser y no-Ser, teofanía y nada, trascendencia e inmanencia.

 

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