Océano transparente

Si un dogma es como un cristal que distorsiona el rayo de luz que recibe, es porque el ser humano dormido es eso exactamente: trasluz coloreada, humeante dicen algunos. Ni vemos ni dejamos ver lo verdadero. Una impresión recibida o recreada se convierte en amarga fuente de olvido. No del olvido que buscamos, sino del olvido que ignoramos que somos. Eso es el ego, olvido de ser. El ego no es una entidad ajena a nuestro vivir diario, que se manifiesta a placer cuando la ocasión «lo amerita». Ego también somos nosotros, mundo mezclado, pomposo pensamiento, histriónica emoción y torpe movimiento, muy torpe, siempre tropezando con las contrarias direcciones egoistizadas del pensamiento y la emoción.

Innumerables anteojos son los que usamos para ver, todos con cristales de diversos colores y graduaciones. Brillaría la Transparencia por estar ausente, pero ni siquiera eso es posible cuando esos colores humeantes tiñen hasta el respirar.

Y entonces, por hacernos un favor, el Ser nos arranca los anteojos, y en los breves instantes en los que estamos sin ellos (pues raudos y veloces nos los volvemos a poner, ¡miserable miedo a la desaparición!), vemos la transparencia. Transparencia que todo lo penetra de forma indiferenciada y múltiple, algo así como remolinos de transparencia en el infinito Océano Transparente. Ahora estamos allá, ahora estamos aquí, ahora ya no somos y ahora volveremos a ser.

Al comienzo, ante tal hallazgo —que es recuerdo en realidad—, el alma queda perpleja. Algo nuevo ocurre y desconoce qué es. Hay un borrado momentáneo de los humeantes colores anteriores, esos que pintan cosas que no existen. De repente, el Océano Transparente acoge al alma perpleja, que pasa a congeniarse con cada ola de transparencia. Nada el alma de remolino en remolino, penetrándolos, siendo ellos, fundiéndose y deshaciéndose, siguiendo nuevas corrientes que aparecen ante sus arrobados ojos. Dicha espiritual le llaman los navegantes del Espíritu, entre otros muchos nombres que brotan cuando el alma se ha bañado tanto en ese Océano que no distingue nunca más un color de otro.

Cuidado: cuando se es grumete en el Océano Transparente, nuestras fuerzas flaquean, y volvemos a usar aquellos desgastados anteojos. Al menos, ya hemos navegado un poco, y aunque los colores humeantes sigan sin permitirnos divisar el horizonte, intuimos que ahí está. Y lo buscamos, perdidos, pero anhelantes.

 

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